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cie. *sin titulo
De niño soñé presidir la mesa, sentarme en esa gran silla estilo Napoleón que hacía parecer a mi padre un rey. Cada noche al entrar al comedor jugué al jinete, al desfile militar, a la competencia de velocidad… de manera que pudiera pasar detrás de aquél objeto maravilloso para acariciar una y otra vez su espaldar. Yo imbocaba genios vestidos en traje de dormir, brujas con verrugas, hadas madrinas rosa, azules o negras para que hechizaran a mamá y la forzaran a decir " hoy te puedes sentar en el lugar de tu padre ". Como nadie me auxilió y mamá no dejó de gritarme con voz chillona " ¡Francisco párate de dar vueltas y ven aquí!" me volví un incrédulo de las historias fantásticas.
Papá nunca se opuso a la voluntad de mamá. Siempre le dió la razón asintiendo con inaudible "umjú" y un gesto sincronisado de cabeza inclinada y cerrar de ojos. Cuando nos acompañaba a comer, evento extraordinario ya que no paraba de trabajar, yo le echaba miradas de perro triste para intentar sentarme en sus rodillas o al menos comer a su lado. Pero él ponía su acostumbrada pose de emisor de justicia y esperaba que yo estuviera bien pegado al puesto de mamá para tomar su primer bocado.
Con papá de frente, o sin él, yo consumía mis alimentos lentamente, observando cómo todas las sillas se empequeñecían en perspectiva hacia el fondo del comedor y la mesa dibujaba un camino blanco hasta la Silla Napoleón : la única que a distancia seguía siendo grande.
Al cumplir dieciocho años mis padres me enviaron a la capital a estudiar leyes -como era costumbre entre los hombres de la familia-. Recuerdo que me fuí en tren un domingo del mes de octubre de 1930. Salí de casa en taxi con una maleta y un baúl. Durante el recorrído hasta la estación ví con prematura nostalgia el pueblo, las montañas y las nubes abriéndose paso entre claros de cielo. La estación lucía inmaculadamente desierta y yo, estupidamente bien vestido contra la lluvia, comenzaba a sudar, a sentirme nervioso y muy solo. Ese día constaté que la gente del pueblo no viajaba, que yo no tenía amigos y que a mis padres les interesaba más socializar con el Alcalde.
El reloj marcaba las once y cinco de la mañana cuando llegó el tren. Partímos a un cuarto para las doce. Como fuí el único pasajero en el vagón de primera clase tuve el privilegio de acomodarme donde quise y mirar al exterior desde diferentes ventanas. Yo encontré todo muy confortable y elegante. El terciopelo de las butacas resplandecía de limpio y se sentía suave al tacto como la vieja silla de mi padre. ¡Qué magnífica sensación! ¡Cuánta exclusividad y espacio para mi solo¡ A la una en punto alguien trajo mi comida y dejó una botella completa de vino tinto. Cuando tuve sueño estiré simplemente las piernas sobre la otra butaca y dormí escuchando la canción repetitiva de la locomotora con el abrazo del sol en la ventana.
En la capital me volví esclavo del reloj. Debí correr la mayor parte del tiempo para llegar temprano a cualquier lugar. La ciudad era grande, ruidosa y acelerada. En las transitadas asceras del centro corrí cada día entre una manada de gente para ir a estudiar, comer, regresar al dormitorio… detrás del taxi, del tranway, del bus…
Una experiencia totalmente inédita para mí en ese infierno urbano fué la lucha por un puesto. Me dí cuenta que nadie tiene garantizado nada y a cada uno le sale batallar si quiere obtener un lugar y preservarlo. En el transporte público me tocó dar y recibir codazos apretado a un puñado de infelices mirada pal suelo, labios y puños cerrados. En el anfiteatro de la universidad debía esperar una hora frente a la puerta para tomar un pupitre. Ni hablar de la cafetería, de los dormitorios o de encontrar un estacionamiento. Tuve que comer varias veces parado, compartir cuarto con varios tipos y negarme a la idea de comprar un carro porque nunca se consigue dónde aparcar.
En la familia las cosas marcharon mal. Mi papá, lleno de deudas, no supo como afrontar la bancarrota y orgulloso como era, antes de oír las recriminaciones de mi madre, encontrar su nombre en los periódicos, verse involucrado en procesos judiciales… decidió hacer el Juez Soberano consigo mismo. Pobre viejo. Puedo imaginarlo hundido en la profundidad de su sillón de cuero, allá en su lujoso gabinete de abogados, dictaminando su sentencia : ¡Culpable!. Pálido aunque decidido asume su pena de muerte. Una bala en la raíz de su conciencia pone fin a sus problemas y también, desgraciadamente, a la tradición familiar de jueces con peluca blanca suspendidos en su trono.
Sin mensualidad para mis estudios debí conseguír un trabajo. Entré en una fábrica y allí como en todas partes me tocó luchar por un puesto. Comencé siendo asistente de contabilidad. Afortunadamente era bueno en matemáticas y mi jefe inmediato, un solitario enfermo de alcohólismo, me encontraba parecido a su hijo mayor. A pesar de mi buena suerte todo fué duro para mí al comienzo ¡Hasta el taburete donde debí permanecer jornadas enteras arreglando papeles!
Cuando el contador se jubiló yo le había hecho tantos favores personales que se vió obligado a ejercer influencia sobre la gerencia para dejarme en su cargo. Gracias a su mediación resolví cómo ganarme la vida.
La mañana que me dieron las llaves de mi oficinita hubo un golpe de Estado. ¡Maldito joder. Lo que nos faltaba! -me dije en aquel momento-. Los militares se apoderaron del país, la directiva en mi trabajo cambió y me gané por jefe un hijo de la gran puerca a quien sólo me faltó chupárselo porque nada le complacía.
En ese medio hostíl aprendí muy rápido a sacar provecho de cada situación. Dado que la ideología opositora ganaba fuerza entre los obreros y se necesitaban infiltrados en las fábricas para saber lo que organisaban los revoltosos, me propuse servir como espía. Varios meses después mi jefe, un oficial de la armada terrestre, orgulloso de mi trabajo me apadrinó y ayudó a entrar en el Servicio Especial del Ejército. Yo me ví inmediatamente como en un elevador ¡Llevado al último piso!
Con investidura de teniente coronel y una carrera brillante alcancé el cargo de Ministro de la economía. Progresivamente llegué a ser General y Primer Ministro de Estado hasta mi estatus actual.
Todavía recuerdo con emoción mi primera visita al palacio de gobierno y cuando me hicieron conocer mi despacho. Me gustó la sobria elegancia de la decoración, las obras de arte, el mobiliario y sobre todo mi silla de alto dirigente : pieza de buen gusto con tapizado muy delicado, madera noble labrada y finamente recubierta de láminas de oro.
Desde que comencé mi carrera militar y política fuí bien recibido en todas partes. No me puedo quejar. Adquirí beneficios, poder, logré codearme con mandatarios y celebridades del mundo entero, compartir al lado del Presidente, casar a su hija, volverme su mano derecha y hasta su sucesor.
¿Quién lo hubiera imaginado ? Ni mis padres. Ellos que tantas ilusiones se hicieron de mí como futuro juez sin darme finalmente gran cosa. Ese duo sostenía una relación extraña y hermética. Mamá siempre actuó como una diosa sobreprotectora - Mujer y matrona castradora-. Mucho más joven que papá, ella pudo complacerlo, controlarlo y sobrivivirlo después de la viudez. Hasta hoy la creía viva pero su médico me comunicó esta mañana lo contrario. Que pena. En pocas horas sus amigas le habrían comentado con discreta envidia haber visto a su hijo en la televisión, proclamado "Comandante en Jefe y Presidente de la Nación". Ella posiblemente me habría telefoneado y quizás…
Hoy es un día importante. El segundo más trascendente de mi vida después de aquel domingo de 1930 cuando salí a confrontar mi destino. El tiempo sigue pasando rápidamente pero ya no corro a su lado. Me siento y así le gano.
Afuera la gente me espera. Yo debo salir bien vestido con mis insignias y condecoraciones. Comienzo a sudar, me circula en la sangre un coctel de exitación y nervios. Me siento miserablemente huérfano.
La última vez que ví a papá un taxi me esperaba para llevarme a la estación del tren. Él se arreglaba para ir a almorzar con el Alcalde. Su corbata estaba a medio anudar cuando entré a su cuarto a decir adios. Él metió un paquete de billetes en el bolsillo de mi gabardina, me miró fijo sin discurso de despedida y me dió su bendición.
A mamá la ví hace cinco años en la casa de mi infancia. En ese entonces ella me mandó a preparar una cena especial por mi ascenso a Primer Ministro. Recuerdo que pasamos al comedor y todo estaba bellamente adornado con flores, candiles encendidos, copas de cristal italiano. La vajilla francesa y los cubiertos de plata estaban servidos también en el que era el puesto de papá. Yo me dirigí hacia la cabecera de la mesa sonriendo a mi madre elegante y perfumada en el otro extremo. Pero ella, como siempre, me invitó a comer a su izquierda. Esa misma noche me fuí definitivamente y para siempre de su lado. La dejé sola frente a la silla de su marido muerto.
Sandra Rivas-Dávila.
Marseille, Diciembre 2007.