dimanche 9 mars 2008

LA SILLA (II)

El tiqui taqui poco tiqui de los teclados se detiene. Las ruedas de las sillas y las rolineras de las gabetas chirrean. Súbitamente un ¡clak, pof, tan! otro ¡clak! y un ¡plin! se activan en cadena. Se oyen voces, toces, risas y rrrines de teléfono sin responder. Es mediodía en la oficina. La mayoría de los empleados sale a comer. Yo me quedo a terminar un informe importante.
¡Qué tranquilidad! – pienso. Apenas se escucha el ventilador de las computadoras, masa sonora apasible como la respiración del que sueña con una lluvia de letras verdes o el girar contínuo de un cubo azul.
El Presidente llama con voz seca : - "¡Señorita Ramírez, venga !". La nueva secretaria parece estatua viviente en su lugar de trabajo. Yo la miro a través del espejo falso sin que ella lo sepa. La joven mujer camina hacia el despacho del jefe como condenada a muerte. Yo muerdo la tapa de mi lapicero y me digo : - ¡Ay! Se le acabó el período de prueba a Ramírez. Continúo adherido a la forma de mi sillón de gerente, hago un giro de cuarenta y cinco grados hacia la derecha y sigo sumergido en mis cabilaciones, palabras, cifras…
Una media hora más tarde finalizo mi informe. Se me antoja beber café. Me asomo por la ventana que dá hacia el restaurante de enfrente y veo que mis colegas todavía descansan en la terraza. Algunos fuman otros simplemente aprovechan la gratuidad de la luz natural.
Mientras echo llave a mi oficina cruzo a Ramírez, quien apenas sale de la presidencia. Ella se cierra con pudor la camisa entreabierta. Yo noto que su boca luce pálida como si el rojo que antes le avivaba se le hubiera ido a las rodillas. Ramírez baja la vista, aparta con el puño unas lágrimas y se dirige a su escritorio. Intento disimular. Carraspeo. Me pongo el saco y la bufanda. Ella agarra la silla firmemente, la arrima, abriéndose paso como un torero, y retoma su puesto con soltura y elegancia.


Sandra Rivas-Dávila
Marseille, diciembre 2007.

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